1 sept. 2011

[Minuto a minuto] Hasta siempre...

¡Diez mil visitas! Y en poco más de un año. No está nada mal, ¿no? Por ello voy a retomar la escritura con un post muy especial para mí, ya que este va a ser una despedida. Una despedida de esa que me ha visto crecer; que guarda junto a mi cientos de recuerdos de mi infancia; esa que me acoge cada vez que vuelvo y me ofrece un techo bajo el que estar seguro. Esta es la despedida de mi casa, la que, hasta ahora, ha sido mi hogar.

Por motivos familiares y personales se ha tenido que vender. Y bueno, aún sigo aquí, pero en pocos días volveré a la rutina del invierno y me despediré para siempre.

Seguro que no soy el único que siente aprecio por su hogar. Y es que cuando has pasado la mayor parte de tu vida bajo las mismas cuatro paredes, realmente piensas que en ningún otro sitio podrás estar tan seguro y tan a gusto como lo estás ahí. Y fue en el año 93 cuando recalé aquí, con apenas seis años, y hasta ahora.

Podéis imaginar, infinitos recuerdos y emociones a lo largo de las diferentes etapas de mi vida. Aún recuerdo cuando el salón tenía la disposición anterior a la de ahora, siendo solo un crío. Me encantaba despertarme los fines de semana a las siete de la mañana y bajarme al sofá a ver el Club Megatrix. En verano adoraba tirarme al fresquito mármol del salón con mi hermano a ver la televisión, y en concreto, el programa “Bravo por la Tarde”.

Me encantaba, y aún me gusta, tirarme en invierno en el sofá más retirado de la Tv y taparme con la ropa de la mesacamilla con el brasero encendido una tarde de fin de semana viendo una peli mala. También se me viene a la mente mi cochera, donde había un gran portón de metal. Ahí nos pasábamos mi hermano y yo las tardes jugando a tirar penaltis. Con el consecuente ruido que hacía el balón al golpear, claro.

Curiosamente, y, seguro que a los que como yo, vivís fuera de vuestra ciudad, os pase lo mismo, da igual que esté dos, tres, cuatro meses sin volver, pero cuando lo hago y entro por las puertas, parece que no ha pasado ese tiempo. Todo sigue como estaba. Huele igual, y sobre todo, te sientes igual de seguro y cómodo. Y justo llego y me doy una ducha, con el mismo champú de hace años, ese olor tan característico que desde más pequeño y, seguramente precedido de buenos tiempos y bonitos recuerdos, hace que al volverlo a inhalar sientas una sensación de nostalgia positiva. Con lo cual, adoraba llegar un frío día de invierno y ducharme en esa ducha oliendo a ese champú mientras el pequeño cuarto de baño se llena de un agradable y denso vaho. Pero esa será otra de las cosas que no volveré a hacer, (ducharme sí, que no soy un guarro), o al menos no con la misma sensación.

Y qué decir de mi rincón preferido. De mi hogar dentro del hogar. Ese pequeño habitáculo con partes de mí incrustadas en cada una de sus paredes. Ese que siempre llora cuando me voy y se alegra cuando vuelvo. Ya os he hablado de él, pero siempre será poco: mi cuarto.

Si el pobre hablara… jaja. Madre mía. Él ha crecido junto a mí, y voy a explicar el por qué. Como todo infante en la vida, imagino que sus gustos cambian conforme esta pasa. Pues, como todos, imagino, mis gustos se reflejaban en las paredes de mi cuarto. Primeramente dormía con mi hermano, y dividíamos la pared. Luego ya, al dormir solo, mi cuarto vivió mi pubertad con las chicas ligeritas de ropa que colgaban de sus paredes. Pocos años después, mi entrada en la radio municipal y mi consiguiente acercamiento al mundo de los Dj´s hicieron que las chicas desaparecieran para dar paso a paredes enteras repletas de recortes de la revista “Deejay” y de carteles de fiestas con pinchadiscos famosos. Un equipo de mezclas con sus dos platos correspondientes copaba el nuevo estilo de mi cuarto, que en ese momento, ¡lo petaba! Jaja.

La evolución ha seguido, y hace no muchos años los deejays dieron paso a las consolas. Pocas cosas en las paredes pero hasta tres consolas ocupaban las estanterías de mi habitación. Y el último cambio, el presente. Mi interés por el estilo oriental dio paso a cuadros y tapices de oriente que variaban la decoración, incluidas la lámpara de noche y la de techo con sendos estilos japoneses, a juego, ¡eh! Y bueno, ahora sigue así, solo que algunos cuadros están en mi cuarto de Madrid, con un par de chicas guapas en una pared y un gran póster de El Señor de los Anillos en la puerta.

Imagino que a nadie le importará como tenga decorado mi cuarto o mi casa, pero con esto quiero trasmitir que según yo, siempre habrá un pedacito de mí en esas paredes. Siempre, haya quién haya, ese cuarto habrá sido de Christian Delgado. Porque ese cuarto ha sido el rincón más importante de mi vida.

Aunque a decir verdad, cualquier parte de mi casa me evoca recuerdos y me traslada a otros tiempos. Casi a cualquier cosa de ella puedo sacarle un pensamiento. La cocina. Me encantaba llegar del colegio y abrir la mesa (que lleva años sin abrirse) para comer. Aunque lo pasaba francamente mal cuando lo que había dentro de los platos eran lentejas y tortilla de espinacas, lo que me llevaba una tarde entera para poder comerme medio plato.

Pues como veis, son muchas las cosas que se dejan atrás. Muchos los años pasados aquí, y se me hace raro, muy raro, el pensar que cuando me vaya en unos pocos días, nunca jamás volveré a pisar esto que tanto cariño le he cogido. Sí, yo tengo ahora mi casa en Madrid, y mis padres tendrán otra aquí, pero dudo que vuelva a tener la sensación de hogar, dulce hogar, que tenía con esta. Espero que el día que forme una familia pueda sentir esto con mi nueva casa.

No quiero hacer esto más largo de lo que es, así que para terminar diré que creo que es necesario para cualquier persona sentir la sensación de un lugar en el que vivir que sea confortable y seguro. De momento yo lo dejo aparcado para recuperarlo más adelante, pero todos los recuerdos de esta casa quedarán en mi cabeza para el resto de los tiempos…

Por todo ello, desde aquí, le dedico un agradecido adiós a estos muros que me han acogido durante dieciocho años.

Siempre presente…